Adrián siente que el mundo se le cae encima.
Se arrodilla frente a Alma, llorando.
Hombre, roto:
“¿Tú… puedes verme?”
La niña parpadea otra vez, como si la luz le doliera, pero asiente.
Niña:
“Un poquito.”
El niño pobre baja la mirada y aprieta su mochila.
Confiesa que llevaba días intentando acercarse, pero nadie le creía.
La esposa de Adrián ya lo había visto una vez cerca de la casa… y quiso echarlo.
En ese momento, se oye una voz de mujer a lo lejos.
Mujer, fuera de cámara:
“¡Adrián!”
Es la esposa.
Adrián se gira con rabia y horror.
Ella se acerca deprisa, pero al ver a la niña sin gafas, se queda paralizada.
Alma abraza fuerte a su padre.
Niña, llorando:
“Mamá me decía que no hablara… que era un juego.”
El silencio se vuelve insoportable.
Adrián entiende todo de golpe:
su esposa no quería una hija enferma…
quería un padre preso para siempre en la culpa, dependiente de ella, incapaz de verla como realmente era.
El niño abre su vieja mochila y saca un frasco pequeño envuelto en un trapo.
Niño:
“Lo guardé para que me creyeras.”
La mujer da un paso atrás, sin palabras.
Adrián abraza a su hija con desesperación.
Mira al niño, con los ojos llenos de lágrimas, y entiende que un desconocido salvó a su hija cuando nadie más lo hizo.
Última línea fuerte:
Hombre, quebrado:
“Mi hija veía… el ciego fui yo.”