Daniel no podía apartar los ojos de la foto.
La conocía.
No solo porque fuera él.
La conocía porque esa imagen había desaparecido del hospital el mismo día en que despertó sin poder mover las piernas… y sin recordar quién había causado el choque que le cambió la vida.
Levantó la vista lentamente hacia Elena.
Ella ya no parecía fría.
Parecía derrotada.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó él con la voz rota.
Elena cerró los ojos un segundo, como si hubiera llegado el momento que llevaba años temiendo.
—Porque yo estaba allí.
Silencio.
Las hojas siguieron moviéndose.
La gente siguió pasando.
Pero para Daniel, el mundo entero acababa de detenerse.
—¿Dónde? —susurró.
Las lágrimas llenaron los ojos de Elena.
—En el coche.
Daniel sintió un escalofrío brutal.
—No…
—Sí —dijo ella, temblando—. Yo iba contigo aquella noche. Discutimos. Tú miraste un segundo hacia mí. Yo tiré del volante. El coche se salió de la carretera.
Él se quedó inmóvil.
La memoria empezó a abrirse dentro de su cabeza como una herida.
La lluvia.
Los gritos.
El metal.
La sangre.
—Pensé que habías muerto —murmuró él.
Elena soltó una risa rota.
—Ojalá. Habría sido más fácil que vivir sabiendo lo que te hice.
Daniel apretó la foto con fuerza.
—Entonces… ¿por qué la aplicación? ¿Por qué buscarme ahora?
Elena lo miró directo a los ojos, llorando ya sin poder ocultarlo.
—Porque después del accidente descubrí algo peor.
Él frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Ella tembló de pies a cabeza.
—Que yo no provoqué el choque sola… alguien cortó los frenos antes de que subiéramos al coche.
Daniel palideció.
—¿Quién?
Elena tragó saliva.
Y miró por encima del hombro de Daniel.
Hacia el hombre elegante que acababa de detenerse unos metros detrás de la silla de ruedas.
El padre de Daniel.