Parte 2: Aurora se quedó paralizada dentro del abrazo.

No por la emoción.

Por el miedo.

Porque la joven que estaba en el reflejo del espejo no era una sirvienta cualquiera ni una desconocida de la casa.

Era Valeria.

La hija perfecta.
La heredera.
La mujer que había crecido rodeada de lujos… y que llevaba años tratándola como si no valiera nada.

La señora notó cómo el cuerpo de Aurora se tensaba y se giró lentamente.

Cuando vio a Valeria en la puerta, el color se le fue del rostro.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó, con la voz rota.

Valeria no respondió enseguida.

Sus ojos estaban llenos de algo peor que sorpresa.

Terror.

—No… —murmuró—. No puede ser ella.

Aurora retrocedió un paso, todavía temblando.

—¿Tú sabías algo?

Valeria negó demasiado rápido.

Pero la señora ya la estaba mirando como si una verdad horrible acabara de encajar por fin.

—El día que desapareció Aurora… tú también estabas en la clínica —susurró.

Silencio.

La respiración de Valeria se volvió irregular.

—Yo era una niña…

—Pero escuchaste —dijo la señora, llorando otra vez—. Escuchaste a tu padre decir que solo una de mis hijas podía quedarse con esta casa.

Aurora sintió que el mundo se partía bajo sus pies.

—¿Mis hijas? —repitió, apenas sin voz.

La señora cerró los ojos un segundo, vencida.

—Sí. Ustedes son gemelas.

Aurora miró a Valeria.

Mismo mentón.
Misma mirada.
Misma forma de temblar al contener el llanto.

Valeria dio un paso atrás.

—Papá dijo que si alguien descubría la verdad… lo perderíamos todo.

Aurora dejó de respirar.

—¿Dónde está él?

Nadie respondió.

Porque en ese mismo instante se oyó el sonido seco de un bastón golpeando el suelo del pasillo.

Y la voz de un hombre mayor dijo desde fuera de la habitación:

—Veo que por fin encontraron a la hija que vendí.

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