La mujer de azul se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás. Miró la muñeca de la niña, luego al camarero, luego otra vez a la niña.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó, con la voz quebrada.
El camarero estaba pálido.
—Señora… la niña que desapareció en el accidente del puente… su hija… tenía esa misma marca. La recuerdo porque yo trabajaba para su familia esa noche.
La pequeña apretó el tenedor con fuerza, asustada.
—Yo nunca tuve mamá rica —susurró—. Solo una señora que me decía que no preguntara por qué me escondía.
La sangre se heló en las venas de la mujer.
—¿Escondía? ¿Quién te escondía?
La niña bajó la cabeza.
—Una mujer que decía que usted era peligrosa… y que si alguna vez la encontraba, me quitaría otra vez.
Las lágrimas llenaron los ojos de la mujer de azul.
Porque eso no tenía sentido.
A menos que alguien hubiera robado a su hija… y la hubiera criado lejos de ella todos esos años.
Se arrodilló frente a la pequeña y, temblando, tomó con cuidado su mano.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía —respondió la niña.
La mujer cerró los ojos un segundo.
Ese no era el nombre que ella había elegido.
Su hija debía llamarse Emma.
Entonces el camarero dio un paso adelante, todavía temblando.
—Hay algo más, señora.
Sacó del bolsillo de su chaqueta una foto vieja, doblada por el tiempo.
La mujer la tomó.
En la imagen aparecía ella, diez años más joven, abrazando a su bebé en el hospital.
Y detrás, medio reflejada en el vidrio de la ventana, sonreía otra mujer.
Su propia hermana.
La misma que había consolado a todos en el funeral.
La misma que había jurado que el cuerpo de la niña jamás apareció por la corriente del río.
La misma que, en ese instante, acababa de entrar al comedor… y se quedó congelada al ver a la niña sentada a la mesa.