Le arrebató la foto a la criada con manos temblorosas.
La miró una vez.
Luego otra.
Y después levantó los ojos hacia su madre, que ya lloraba sin intentar ocultarlo.
—¿Qué hacías tú en ese orfanato? —preguntó con la voz rota.
La mujer cerró los ojos.
Como si hubiera esperado esa pregunta durante media vida.
—Fui a verla… una sola vez.
La criada dejó de respirar por un segundo.
—¿Ver a quién?
La madre apretó los labios, derrotada.
—A ti.
Silencio absoluto.
La joven sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza brutal.
—No… no…
El hombre también retrocedió, incapaz de aceptar lo que acababa de oír.
—Lucía murió. Papá nos dijo que murió.
La mujer negó con la cabeza, llorando.
—No murió. La arrancaron de mis brazos y me hicieron creer que no sobreviviría. Pero años después descubrí que estaba viva… en ese orfanato.
La criada llevó una mano a su boca.
—Entonces… ¿por qué me dejaron allí?
La madre soltó un sollozo ahogado.
—Porque tu padre dijo que una hija enferma arruinaría el apellido… y pagó para que desaparecieras.
El hombre se quedó helado.
—¿Mi padre hizo eso?
La mujer alzó la mirada, llena de culpa.
—Sí. Y yo callé.
La criada ya no lloraba solo de dolor.
Ahora lloraba de rabia.
—¿Y él dónde está?
Nadie respondió enseguida.
Porque en ese mismo instante se oyó el sonido seco de un bastón golpeando el piso del pasillo.
Un golpe.
Otro.
Otro.
Hasta que una voz grave habló desde la puerta entreabierta:
—Veo que encontraron el reloj antes de que pudiera destruirlo.