Porque todos lo reconocieron.

No por la sangre.
No por el cristal roto.
Por las iniciales grabadas en la parte trasera.
E.R.
El nombre del hombre sentado en primera fila.
Don Esteban Ruiz.
Empresario.
Patrocinador del orfanato.
Testigo respetable.
Y, hasta ese segundo, intocable.
La niña temblaba entera, pero no bajó la mirada.
—Lo vi esa noche —dijo llorando—. Entró al cuarto de mi mamá… y cuando ella gritó, la señorita Clara me escondió debajo de la cama.
La criada soltó un sollozo ahogado.
—¡Yo intenté salvarla! —gritó, rota—. ¡Pero él me vio!
Don Esteban se puso de pie de golpe.
—¡Está mintiendo! ¡Es una niña confundida!
Pero la niña negó con la cabeza.
—No. Usted me vio también. Por eso mandó a decir que yo estaba loca.
El tribunal entero quedó congelado.
El juez se inclinó hacia delante.
Los abogados ya no sabían dónde mirar.
Las mujeres del fondo lloraban en silencio.
Entonces la niña señaló a la criada otra vez.
—Ella no mató a mi mamá. Ella me sacó por la ventana… y me dijo que corriera.
La criada cayó de rodillas, llorando sin poder sostenerse más.
Don Esteban dio un paso atrás.
Otro más.
Y fue entonces cuando la niña dijo la frase que terminó de destruirlo:
—Y mi mamá no era la única.
Silencio absoluto.
El juez frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
La niña miró directo a Don Esteban.
Y sacó una llave pequeña atada con una cinta azul.
—Que en el sótano de su casa hay otra mujer encerrada… y todavía está viva.