El cristal explotó contra el mármol.
El vino rojo se extendió por el suelo como una herida abierta.
Y la joven empleada se quedó inmóvil, mirando al hombre como si el aire hubiera desaparecido de la habitación.
—¿Qué dijo usted? —preguntó con la voz temblando.
El hombre dio un paso adelante sin apartar la vista del collar.
Tenía los ojos llenos de horror.
—Ese collar fue mandado a hacer en pareja… uno para cada una de mis hijas.
Silencio.
La mujer rica cerró los ojos un segundo.
Como si hubiera sabido que ese momento llegaría tarde o temprano.
La joven negó con la cabeza.
—No… yo no tengo hermana.
Pero la dueña de la casa la interrumpió con un hilo de voz:
—Sí la tienes.
La chica sintió que las piernas le fallaban.
—La noche en que nacieron… me dijeron que uno de los bebés no iba a sobrevivir. Mi hermana estaba inconsciente. Yo tomé una decisión horrible… —la mujer empezó a llorar—. Entregué a una de las niñas al convento y les hice decir que había muerto.
El hombre la miró como si ya no supiera quién era.
—¿Tú hiciste eso?
La mujer asintió, rota.
—Lo hice porque la fortuna, la herencia, el apellido… todo se dividía entre dos. Y alguien me convenció de que una sola niña era más fácil de controlar.
La joven llevó la mano a su collar, temblando.
—Entonces… ¿quién es mi hermana?
La mujer rica alzó lentamente la mirada hacia la escalera principal.
Allí arriba, quieta, observando todo en silencio… estaba la hija perfecta de la casa.
La heredera.
La joven mimada que había vivido rodeada de lujo toda su vida.
Y llevaba en el cuello el segundo collar azul.